domingo, 8 de noviembre de 2009

Invernal


No sé como lo hice
Pero sé que en algún momento
Tengo que haber soltando no sé que pesantez
No sé qué bulto de mi vida
Para poder así sonreír hoy a esta belleza
De eterna desmemoria
Sin que la limpidez inesperada de mi aliento
Empañe este cristal frío y sin bordes
Desde cuyos dos lados nos miramos.

Tomás Segovia

viernes, 6 de noviembre de 2009

Huellas

Es sencillo, ocurre que me he sentido solo y ya sabes he abierto un libro; no el que estaba allí, a la mano, el otro, ese que no tendría porque abrir. Apenas hacia volar con mi pulgar las primeras páginas cuando la he visto moverse ligeramente, fugaz. Me ha sorprendido y es verdad me ha dado pena verla. Su dorso aún verde le daba una apariencia fresca, pero bastaba con fijar un momento más la vista para dar cuenta de la fatalidad. La vi por un momento más, tratando de recordar cuándo y dónde. Y no he podido recordar nada. Ha muerto de olvido, me dije. Por un momento he pensando que es tonto sentir pena por una hoja abandonada en un libro y mirando de nuevo el pequeño cadáver he sentido lástima de haber pensado eso. No he querido dejarla ahí pero no se me ha ocurrido otro lugar donde ponerla. De pronto todo me ha parecido más triste, he cerrado el libro y la he dejado dentro, el título de éste me ha parecido el más adecuado: La fábula del tiempo, después de todo parece que ese es el mejor lugar para que la deje. He pensando que harías tú de encontrarte con el cuerpo de una hoja en la fábula del tiempo, así que regrese, abrí el libro donde mismo, y estaba allí, tan a la vista, en medio de todo, le he dedicado una mirada cómplice de gratitud a tu hoja y he leído: Aquí yacen tus pasos, en el anonimato de las huellas.

T.

lunes, 2 de noviembre de 2009

...un vinito extraordinario

Dónde estarás,
Dónde estaremos desde hoy,
dos puntos en un universo inexplicable,
cerca lejos dos puntos que crean una línea, dos puntos que se acercan y se alejan arbitrariamente

...por ahí y en esos días.



(...) Los mirábamos, jugando a acercar los ojos al vidrio, pegando la nariz, encolerizando a las viejas vendedoras armadas de redes de cazar mariposas acuáticas, y comprendíamos cada vez peor lo que es un pez, por ese camino de no comprender nos íbamos acercando a ellos que no se comprenden, franqueábamos las peceras y estábamos tan cerca como nuestra amiga, la vendedora de la segunda tienda viniendo del Pont-Neuf, que te dijo: «El agua fría los mata, es triste el agua fría ...»
Descubríamos entre exclamaciones que enfurecían a las vendedoras -tan seguras de que no les compraríamos nada a 5
50 fr .pièce- los comportamientos, los amores, las formas. Era el tiempo delicuescente, algo como chocolate muy fino o pasta de naranja martiniquesa, en que nos emborrachábamos de metáforas y analogías, buscando siempre entrar. Y ese pez era perfectamente Giotto, te acordás, y esos dos jugaban como perros de jade, y un pez era la exacta sombra de una nube violeta... Descubríamos cómo la vida se instala en formas privadas de tercera dimensión, que desaparecen si se ponen de filo o dejan apenas una rayita rosada inmóvil vertical en el agua. Un golpe de aleta y monstruosamente está de nuevo ahí con ojos bigotes aletas y del vientre a veces saliéndole y flotando una transparente cinta de excremento que no acaba de soltarse, un lastre que de golpe los pone entre nosotros, los arranca a su perfección de imágenes puras, los compromete, por decirlo con una de las grandes palabras que tanto empleábamos por ahí y en esos días.


Julio Cortázar -Rayuela (Capítulo 8)

domingo, 1 de noviembre de 2009

CARTA DESDE PARÍS

París 9 de octubre de 1981


Querido Gaspar lástima que nos desencontramos. Anoche volvimos a París y encontramos tu hermoso regalo. Esta alegría me hizo sentir doblemente la pena de no haber podido vernos aquí. Pero confío en que lo haremos el año próximo en México en el mes de Julio/Agosto. Me alegra además que el viaje por Europa haya sido positivo, como lo es siempre para la gente sensible y permeable a todas las maravillas que hay por este lado del planeta. Por mi parte he pasado unas vacaciones bastante terribles por que una hemorragia gástrica estuvo a punto de liquidarme al Sur de Francia, y sólo la abnegación y el talento de los médicos del hospital de Arky en Brons, me sacaron de una situación más que crítica. Estoy bien pero también débil y deberé cuidarme bastante en los meses que vienen. Gracias otra vez por el bello regalo y hasta que nos veamos.
Un abrazo de tu siempre amigo.

JULIO

Las noches del iris negro II

Y hemos salido, sabiendo que no vamos a ninguna parte. Y ahora vamos caminando por la playa. Llueve sobre Port del Vent. Llueve en el mar con un murmullo lento, y oigo la brisa que gime dolorosamente. Y me digo que estoy bien aquí, atrapado en este pueblo junto al mar. Me gusta mucho estar cerca de este mar, nunca debí alejarme tanto de él. Siento ante el oleaje una sensación de libertad sólo comparable a la que percibo ahora al notar que Victoria u yo andamos en la buena compañía de quienes supieron afrontar la muerte con serenidad antigua. A éstos, hace unos instantes, los hemos llevado silenciosamentea nuestro interior y hemos pasado a ser ellos. Y yo voy andando por la playa de Port del Vent bajo la lluvia, y me digo todo esto y escucho y contemplo el oleaje y me digo que sí, que toda la noche cabe en una mirada del color iris negro, en una sola y quieta mirada de sosiego (...)

Enrique Vila-Matas "Las noches del iris negro"

Las noches del iris negro I

Esta mañana, al despertar, Victoria me ha dicho que ha soñado que caminábamos los dos por la calle Florida, en Buenos Aires, y que ante nosotros se extendía la plaza San Martín y que nos negábamos a atravesarla, pero que finalmente lo hacíamos mientras un viento frío venido de muy lejos nos traspasaba. La plaza casi flotaba, en el aire, y allá a lo lejos, en los confines azulados del agua, de la niebla y del cielo blanquecino, se veían vagar humos que se deslizaban o ascendían desde los barcos que yacían inertes en el Río de la Plata.
-No es un sueño premonitorio -me ha dicho-, porque yo no pienso volver ni loca a la Argentina. Jamás volveremos a estar tú y yo juntos en las calles de Buenos Aires. Yo me quedo aquí, en Port del Vent. Varada, junto a ti.
Ha hecho uno de esos gestos mediante los cuales una persona manifiesta, sin darse cuenta, una gracia que no sabe que tiene. Y a la atracción que siento por ella se ha unido la que siento por este pueblo y por este mar, y desde ese momento Vistoria y Port del Vent han compuesto una única figura que se pierde no muy lejos de este paisaje de belleza y muerte, no muy lejos del filo mismo de mi horizonte.

Enrique Vila-Matas "Las noches del iris negro"