Le pareció que la fuga del tiempo se había detenido, como un encanto roto. El torbellino se había hecho en los últimos tiempos cada vez más intenso, y después repentinamente nada, el mundo se estancaba en horizontal apatía y los relojes corrían inútilmente. El camino de Drogo había terminado; ahora estaba en la solitaria orilla de un mar gris y uniforme, y a su alrededor ni una casa, ni un árbol, ni un hombre, todo así desde tiempo inmemorial. "Valor, Drogo, ésta es la última carta, marcha al encuentro de la muerte como un soldado, y que tu existencia equivocada acabe bien, al menos. Véngate finalmente de la suerte, nadie cantará tus alavanzas, nadie te llamará héroe o algo similar, pero precisamente por eso vale la pena. Cruza con pie firme el límite de la sombra, erguido como en un desfile, y sonríe incluso, si lo logras. Después de todo, la conciencia no está demasiado cargada y Dios sabrá perdonar."
Valor, Drogo. Y trató de armarse de fuerzas, de resistir a fondo, de bromear con el tremendo pensamiento. Puso en ello todo su ánimo, en un arranque desesperado, como si partiera él solo al asalto contra un ejército. Y súbitamente los viejos temores se desvanecieron, las pesadillas se debilitaron, la muerte perdió su rostro helador, mudándose en cosa sencilla y conforme a natura. El comandante Giovanni Drogo, consumido por la enfermedad y los años, pobre hombre, hizo fuerza contra el inmenso portón negro y advirtió que las hojas cedían, dando paso a la luz.
Sólo le disgustaba tener que marcharse de allí con aquel cuerpo suyo, de huesos sobresalientes, piel blanquecina y fláccida. Pero quién sabe si, al pasar el umbral, también él, Drogo, podría volver a ser como antes (no guapo porque guapo nunca lo había sido), pero sí con su fresca juventud. Qué alegría, se decía Drogo ante esa idea, como un niño, pues se sentía extrañamente libre y feliz.
Pero después algo pasó por su cabeza: ¿y si todo fuera un engaño? ¿Si dependierá sólo de la maravillosa puesta de sol, del aire perfumado, de la pausa de los dolores físicos, de las canciones del piso de abajo? ¿Si dentro de unos minutos, de una hora, tuviera que volver a ser Drogo el de antes, débil y derrotado?
No, no lo pienses, Drogo, basta de atormentarse ahora, lo peor ya ha pasado. Aunque te asalten los dolores, aunque ya no haya música para consolarte y en vez de esta bellísima noche lleguen nieblas fétidas, la cuenta saldrá igual. Lo peor ha pasado, no, no te pueden ya defraudar.
El cuarto se ha llenado de oscuridad, sólo con mucho trabajo se puede distinguir la blancura de la cama, y todo el resto está negro. Dentro de poco tendría que salir la luna.
El desierto de los tártaros - Dino Buzzati