Te has quedado lejos, te has ido lejos. Pero, voy retrocediendo hacia ti, voy avanzando hacia ti. Te veré en el cielo. No puede ser la eternidad sin ti.
Marosa di Giorgio
A jirones largos y violentos la perfección de aquel cielo glacial parecía haber sido destrozada por la fuerza silenciosa y contenida de una deidad herida de olvido o eternidad.
Es de mañana tantos días ya. Son las dificultades de habitar a los extremos de una gran, rutinaria esfera: la vida respira según noches colosales e impracticables días, confeccionados no para hombres sino para una suerte de seres de transitar geológico que gustan de una vida paralela a la fugaz vida de los hombres.
Te espero un día con su noche al año.
Con la paciencia de quien ha extraviado el tiempo para entretenerse en la evanescencia de los diminutos rituales de la vida. La memoria anquilosada por la tenaz fórmula del dolor con el blanco -el de la mañana, y tarde y noche; el que viene del cielo y el que permanece en la tierra; el de las palabras; el de los ojos, tan blancos por contagio del paisaje; el de la mente, y en fin, el blanco de todo lo que está afuera que se embebe, de a poco, hacia dentro-.
Es esta la más infatigable noche en el mundo; la espera plural por una voz luminosa que irradie cualquier sentencia, de amor, deseo, odio o blasfemia… cualquiera capaz de deshacer en espasmos luminosos el horrido frio de ninguna luz cayendo del cielo.
Te espero pues, al extremo de este mundo, que tal vez sea también el inicio de uno nuevo.
Aquí, donde quizá sea más probable recuperar lo perdido porque el tiempo ha acostumbrado a demorarse tanto y tanto que apenas la muerte ha acontecido a nadie. Entonces no sólo aguardaré por ti, aguardaré también a mi madre y a mi padre; el milagro del nacimiento de mi abuela; conoceré al joven noble y recio que dicen fue mi abuelo y nunca conocí. Te acompañaré de nuevo en tu vida, recuperaré cada momento sin ti y borraré sólo un día. Embriagado de fantasmas y memoria me hallará la muerte un día, a ella preguntaré tu nombre.
Es frecuente que las palabras divaguen; hagan largos viajes; tan largos que alteren su talante interno. Las hay esquivas, de ardiente simpatía por las zonas bajas y grises, que aspiran a decantar en sustancias más básicas, nobles, por poder acercarse así al origen anónimo que les es común a todas en un principio. Sucede pues que la más sedentaria de las palabras, digamos: árbol, mar, fuego, amor… posee un espíritu nómada, con frecuencia nos es dado toparnos en este o aquel otro texto con antiquísimas viajeras que desconocemos a su retorno. Es atendiendo a estas circunstancias y al axioma de que todo viaje se corresponde a un cambio; y descreyendo de ese penoso obituario que pretende contenerlas como imágenes estáticas; por lo que hemos decidido iniciar una actividad de curaduría extrema, un ejercicio de reconstrucción que no parte de ningún origen visible. Es necesario utilizar a una viajera de la que se ignore, de entrada, cualquier vínculo por remoto que este sea, quedan pues descartadas aquellas viajeras tímidas que prefieren los destinos cercanos y seguros: arboleda, fogonazo, marisma… nos enfocaremos en aquellas cuya suerte ha sido menos ominosa, huérfanas de apellido, cuyo sola menciónsuscita un respeto cauto por una posible gloria pasada. Teniendo en cuenta lo anterior nombramos a lumpen la palabra a tratar. Cuidémonos de ser demasiado juiciosos, o de escarbar con engañosa profundidad en un origen simulado. Dejemos rebotar: lumpen, unas cuantas veces en la cabeza, las necesarias para encontrar un pliegue, un nuevo movimiento que nos precipite hacia el cuerpo cierto de lumpen. Detengámonos, escuchemos: LUMPEN, LUMPEN,LUMPEN, LUMPEN, LUMPEN, LUMPEN, LUMPEN… Formas curvas, dilatación urgente, suavidad que exaspera. Inequívocamente, lumpen prodiga ternura: un cielo lumpen, una caricia lumpen, tu voz siempre sedosa y lumpen, tu mirada tersa de tan lumpen, tus labios lumpen entre lo lumpen… Sin riesgos, hemos reconstituido a lumpen en sus más amplias esferas, no obstante, lumpen no deja de ser un punto perdido entre la ternura y la devoción; hace falta entonces un empleo más arriesgado de lumpen, que vierta sobre él (acaso ella) una masa de sentido que le torne inconfundible; diremos entonces que ese paisaje es un paisaje lumpen, que aquella bebida tenía un dejo lumpen, que aquella verruga era indudablemente lumpen, acaso tan lumpen como la frase de aquel libro, igualmente lumpen, diremos que la ceniza de todo cigarrillo es lumpen a determinada hora de la mañana, y qué decir de aquella cicatriz lumpen… y es que en esta vida lumpen, apenas queda espacio para todo aquello que es lumpen. Y hablando de lumpen, disfrutemos de estas horas lumpen, que acaso puedan ser las últimas, pues la vida es lumpen, y nosotros no dejamos de serlo.
No la quiero en los sueños, la quiero en la vida, aquí, conmigo, bien vestida por su hijo y orgullosa de que su hijo la proteja. Me ha llevado durante nueve meses y ya no está aquí. Soy un fruto sin árbol, un pollito sin gallina, un leoncito solo en el desierto y tengo frío. Si ella estuviera aquí, me diría: "Llora, mi hijito, después te sentirás mejor". No está aquí y no quiero llorar. No quiero llorar sino junto a ella.
" Una vez había un pobre niño que no tenía padre ni madre. Todo el mundo había muerto y no quedaba nadie en este mundo. Todo el mundo había muerto y él caminaba y lloraba día y noche. Y como en la tierra no quedaba nadie, quiso ir al cielo, y la luna le miraba muy gentil, y cuando por fin llegó a la luna, era un trozo de madera podrida, y luego fue hacia el sol, y cuando llegó al sol, era un girasol mustio, y cuando luego fue a las estrellas, eran unos mosquitos dorados ahí clavados, igual como los clava el pájaro en los espinos, y cuando quiso volver a la tierra, la tierra era un cuenco del revés y él estaba muy solo, y entonces se sentó a llorar y aún está ahí sentado, solo. "
11 Para vivir no quiero islas, palacios, torres. ¡Qué alegría más alta: vivir en los pronombres!
Quítate ya los trajes, las señas, los retratos; yo no te quiero así, disfrazada de otra, hija siempre de algo. Te quiero pura, libre, irreductible: tú. Sé que cuando te llame entre todas las gentes del mundo, sólo tú serás tú. Y cuando me preguntes quién es el que te llama, el que te quiere suya, enterraré los nombres, los rótulos, la historia. Iré rompiendo todo lo que encima me echaron desde antes de nacer. Y vuelvo ya al anónimo eterno del desnudo, de la piedra, del mundo, te diré: "Yo te quiero, soy yo".
Tu cuerpo es un hermoso fragmento de no sé qué grandeza rota. El cesto de frutas de tu vida se renueva por sí solo todos los días. En tu boca destrozada habla la tristeza del martes y en tus dedos minuciosos arden páginas de luz. Le abultas al mundo como una planta excesiva y dejas magnitudes de olor por donde nadie pasa. Has oxidado el aire con tu cansancio, has herrado todos los clarinetes, tienes senos destruidos como la antigüedad y muslos de cosecha que le pesan al día. Busco en tu alma un tabaco de infancia, busco en tu sexo un mar desalentado, y comprendo que los muertos, realquilando tu, (casa, hacen un poco más alegre el destrozo del amor y el abandono azul de la cocina.
Es buena, cuando duerme; el calor de su cuerpo es un puñal de vidrio que remonta los sueños.
Cuando calla, es buena y su voz una premonición olvidada y peligrosa que arruina el silencio.
Cuando grita o llora o se lamenta o se divierte o se cansa, nada puede contener este dolor alegre que envenena mis sueños y mi soledad. Por eso es difícil pensar en ella, en su cara bondadosa; abandonarse; por eso es una cobardía retenerla y dejarla ir, una pavorosa crueldad. A veces, cuando lo pienso, no sé qué hacer con ella, con este destino luminoso.
La claridad del día ya no es más que el parpadeo de un ciego que se orienta por el sol que el encuentro de la memoria y el álbum de la familia.
Nos orientamos hacia una falsa claridad memoriosa y el sol de este verano es una cosa de ciegos, pero el sueño lo sabe: estaríamos allí si el último día no fuera sólo un día entre otros.
Nuestro entusiasmo alentaba a estos días que corren entre la multitud de la igualdad de los días. Nuestra debilidad cifraba en ellos nuestra última esperanza. Pensábamos y el tiempo que no tendría precio se nos iba pasando pobremente y estos son, pues, los años venideros.
Todo lo íbamos a resolver ahora. Teníamos la vida por delante. Lo mejor era no precipitarse.
Yo no toco tu vida, tu soledad, tu frente, yo no soy en tu noche más que un lago, una copa, más que un profundo lago, en que puedes beber aun cerrados los ojos, olvidado. soy para ti como otra oscuridad, otra noche, anticipo de la muerte, lo que llega en el día frío el hombre espera, aguarda, y llega y él se entrega a la noche, a una boca, y el olvido total lo ciega y lo anonada.
Sin límites la noche, pura, despierta, sola, solícita al amor, ángel de todo gesto...
Estás solo, lo mismo. Ebrio, lúcido, azul, olvidado del alma, concédete a la hora.
Idea Vilariño
domingo, 8 de agosto de 2010
Tarde de hospital
Sobre el campo el agua mustia cae fina, grácil, leve; con el agua cae angustia: llueve
Y pues solo en amplia pieza, yazgo en cama, yazgo enfermo, para espantar la tristeza, duermo.
Pero el agua ha lloriqueado junto a mí, cansada, leve; despierto sobresaltado: llueve
Entonces, muerto de angustia ante el panorama inmenso, mientras cae el agua mustia, pienso.
¿Cómo me afectó la noticia? Quisiera hablarte con franqueza. Si miro en mi interior y busco bien entre mis recuerdos, sólo puedo contestar de una manera: no me afectó en absoluto. Cuesta mucho comprender el verdadero significado de las acciones y las relaciones humanas. Por ejemplo, muere alguíen y tú no sientes nada. Lo entierran y sigues sin sentir nada. Te pones de luto cuando sales y miras hacia delante con ceremoniosa tristeza, pero en casa, cuando estás a solas, bostezas, te rascas la nariz o lees un libro, y piensas en cualquier otra cosa o persona salvo en el difunto por quien estás de luto. De cara al exterior te hallas en un estado de fúnebre dolor, pero en tu interior compruebas con incredulidad que no sientes absolutamente nada, si acaso un vago sentimiento de culpa mezclado con una especie de alivio. E indiferencia, profunda indiferencia. Esto dura un tiempo, días, quizá meses. Engañas al mundo, sigues viviendo hipócrita con tu insensibilidad disimulada. Y de repente, un día, muchos años más tarde, cuando el difunto ya se ha podrido la nariz, vas andando por la calle y de pronto te mareas, tienes que apoyarte en la pared porque por fin lo entiendes. Entiendes el sentimiento que te ataba al difunto. El significado de la muerte. La dura realidad, el hecho ineludible de que, aunque caves con tus propias manos en la tierra para exhumar sus restos, nunca volverás a ver su sonrisa, y toda la sabiduría y el poder del mundo serán incapaces de lograr que él, el muerto, se te acerque de frente sonriendo. Puedes ocupar los cinco continentes a la cabeza de un ejército inmenso, que no servirá de nada. Y entonces te pones a gritar. O quizá no, sólo te quedas inmóvil en medio de la calle, pálido, sintiendo un vacío tan impresionante como si el mundo entero no tuviera ningún sentido y te hubieras quedado solo en la Tierra.
Fue un amor violento como un tornado que barre en línea recta una vasta llanura. Un amor que lo derribó todo a su paso, que lo succionó todo hacia el cielo en un torbellino, que lo descuartizó todo en un arranque de locura, que lo pulverizó todo por completo. Y, sin que su furia amainara un ápice, barrió mares y océanos, arrasó sin misericordia las ruinas de Angkor Vat, calcinó con su fuego las selvas de la India repletas de manadas de desafortunados tigres y, convertido en tempestad de arena del desierto persa, sepultó alguna exótica ciudad amurallada. Fue un amor glorioso, monumental. Aquí empezó todo y aquí acabó (casi) todo.
"...es escandaloso cómo suplimos a las figuras perdidas de nuestra vida, cómo nos esforzamos por cubrir las vacantes, cómo nunca nos resignamos a que se reduzca el elenco sin el cual nos soportamos mal y apenas nos sostenemos, y cómo a la vez nos prestamos todos a ocupar vicariamente los lugares vacíos que se nos van asignando, porque comprendemos y participamos de ese mecanismo o movimiento sustitutorio universal continuo, que al ser de todos es el nuestro, y así aceptamos ser remedos, y vivir cada vez más rodeados de ellos." Javier Marías
El arte de perder no es muy difícil; tantas cosas contienen el germen de la pérdida, pero perderlas no es un desastre.
Pierde algo cada día. Acepta la inquietud de perder las llaves de las puertas, la horas malgastadas. El arte de perder no es muy difícil.
Después intenta perder lejana, rápidamente: lugares, y nombres, y la escala siguiente de tu viaje. Nada de eso será un desastre.
Perdí el reloj de mi madre. ¡Y mira! desaparecieron la última o la penúltima de mis tres queridas casas. El arte de perder no es muy difícil.
Perdí dos ciudades entrañables. Y un inmenso reino que era mío, dos ríos y un continente. Los extraño, pero no ha sido un desastre.
Ni aun perdiéndote a ti (la cariñosa voz, el gesto que amo) me podré engañar. Es evidente que el arte de perder no es muy difícil, aunque pueda parecer (¡escríbelo!) un desastre.
Reconozco tu benévola ironía en esta invención de un «aquí» que nos consiente la convivencia menuda y la separación total. Y, en la sólida fortaleza de tu reposo, en la ciudad antigua de tus sueños, allá donde ninguna carta te será jamás entregada, yo creo que tú sabes que, al igual que tú me ofreces un «aquí» inasible y no desleal pese a todo, así parto yo, no para perderte sino para buscarte; ya que en estos enigmas, juegos de palabras, palíndromos, desamores y amores, anfibologías de encuentros y simetrías de fantaseados abrazos, yo debo huir para buscarte, debo abandonarte para conseguirte, y darte la espalda para sorprender tu rostro (...) Si te busco, te pierdo; si demuelo lo que me separa de ti, todo aquello que demuelo forma parte de ti; eres tú; me propones un abrazo de escombros. Al perderte, te busco; si me marcho, me vuelvo peregrino, reconociendo que de todos los rasgos de tu rostro, de tu cuerpo, éste, la lejanía, es el que me permite reconocerte por doquier; y en eso eres tú desemejante a cualquier otro.
(...) De ti sacaban las estrellas como tazas, las tazas como estrellas. Estuvo oculto en tus ramos el Libro del Destino. Te has quedado lejos, te has ido lejos. Pero, voy retrocediendo hacia ti, voy avanzando hacia ti. Te veré en el cielo. No puede ser la eternidad sin ti.
Este vivir no es vivir, es tan sólo un existir sin lo que el vivir reclama: el hoy, el aquí, el mañana. Vivo a distancia de ti, de tu voz, de tu presencia, y por esta cruel ausencia vivo a distancia de mí. Vivir así, de esta suerte, no sé si es vida o es muerte.
Suave como el peligro atravesaste un día con tu mano imposible la frágil medianoche y tu mano valía mi vida, y muchas vidas y tus labios casi mudos decían lo que era el pensamiento. Pasé una noche a ti pegado como a un árbol de vida porque eras suave como el peligro, como el peligro de vivir de nuevo.
Perú… ¿A qué sabe Perú? tendrías que haberlo probado alguna vez; sí, en frescas volutas de polvo quizá, de esas que se adhieren al aire al caminar. Tienes que recordarlo, sólo así podré ayudarnos. Busca en aquellos años, un poco más atrás, más. Tú sabes donde. Lo sé, es un lugar impracticable a donde te pido que vayas, un recuerdo encarnado con alfileres en la carne de la memoria, mas piensa en esto: yo lo escribiré por ti, lo conjuraré en papel; será tu historia y la dejarás ahí. Será como un espejo hacia el que fluya tu pasado, tu historia quedará prendida en esta tinta y este papel, será tuya pero ya no te pertenecerá más. Habrás superado la distancia que te ha mantenido del otro lado, en esa noche, en esa vereda y con ese hombre… será una inversión de realidades, desde este hilo de tinta te irás desprendiendo de esa imagen frente al espejo, línea a línea, te quedarás con el reflejo puro que no guarda memoria y que sólo existe en la ilusión, podrás alzar la mirada y te veras del otro lado y será como un fantasma al que despides. Te digo que bastará un cuento o una pequeña novela, no más. Tendrá polvo, como ese mismo que ya vuelves a saborear en tu piel, también habrá una noche clara, una vereda y una tristeza de hombre, su dolor y deseo; y estarás tú Virginia, hermosa niña sin estrella, estarás ahí, y será la última vez que lo estés. Despídete del abrasador destino que te hizo mujer, de esa noche espesa como bramido, y del sudor y la sangre que llora a lo largo de tus piernas. Despídete de las noches sin estrellas, del aire que desde entonces te ha sobrado, y de los colores por tantos años apagados de tus pupilas… de todas tus preguntas y el silencio, y de Perú… Deja de leer Manuel, deja de hacerlo y no digas nada, ¿un conjuro? ¿De qué me serviría un conjuro? No hay un reflejo distinto que rescatar del otro lado, aquí y allá es la misma mujer de esa noche. Es triste, es eso y nada más. Perdónate Manuel, eras joven y yo una niña sin estrella. Perdónate por mí Manuel, porque yo nunca lo haré.
Manuel apartó la vista del pasado de Virginia, cómo una inmensa lágrima se deslizó por el cuarto hacia la noche que tímidamente asomaba por la ventana. Desde la penumbra Virginia veía como la imagen de Manuel se vaciaba de ella definitivamente. Un extraño reposaba en la silueta que Manuel había dejado sobre el cuadro de la ventana.
Mejor el iceberg que la barca, aunque significara el final de nuestro viaje, aunque permaneciera inmóvil como una roca de nube y todo el mar fuera mármol en movimiento. Mejor el iceberg que la barca, mejor ser amos de esta palpitante llanura de nieve aunque las velas se postren sobre el mar como nieve que yace sobre el agua sin disolverse. Oh solemne campo flotante, ¿te das cuenta?: un iceberg reposa en ti y podría apacentarse en tus nieves cuando despierte.
La uso apenas un par de ocasiones al año. Son cada vez menos las cosas que estoy tentado a anotar en ella; manojos de veloces trazos que tienen más de dibujo que de letras.
Acuso a una discreta pero certera casualidad, el que ese día en la cocina sucediera algo tan salvajemente ordinario. Esperaba sentado a que el agua estuviese a punto para el té, contemplaba la blanca taza que aguardaba paciente; el delgado hilo blanco que colgaba fuera de ésta se me asemejaba a una especie de fatigado cordón umbilical que en algún momento conectara a la bolsita de té con el mundo. Esta muerta –pensé–, tendida sobre la fría y dura plancha de porcelana. Imaginé el agua hirviente, que dentro de muy poco, iría inundando sus olorosas venas de madera dulce. El agua caería con violencia sobre su inerte cuerpo y súbitamente se revelaría colmada de vida, nadando dentro de la taza, un ámbito casi materno. Saludando, ya despidiéndose —en un mismo acto—, de su fugaz, dichosa vida.
Después tomé el reflejo inverso a la idea: la imagine viva en su caja, junto al resto de sus perfumosas hermanas, llevando su secreta y —por qué no—, jubilosa vida de bolsita de té. Como todas, se engañaba buscando atributos que le hicieran única, distinta. Pensaba en sus ancestros hechos de muselina y hasta de seda, saquitos de tés burgueses, tan distintos de su actual cuerpo de sencilla fibra de papel. Todo sucediendo así, hasta que un día, conoce el mundo de los otros, los hombres, en dónde le aguarda una muerte cruel, dolorosa, injusta. Depositada en la elegante fosa común, adivina aterrada un tenue olor familiar impregnado en las blancas y estrechas paredes. Era verdad —piensa resignada—, mientras se ahoga en un mar particular de agua hirviente. Su diminuto cuerpo, abrasado por completo, tiñe en amarilla sangre el terrible entorno, dónde de a poco se difunde aromosa. Desde la vaporosa fosa exhala sus últimos suspiros, hay un dulce y tibio olor a muerte…
Fue éste el pensamiento que me obligó a abrir sus tapas, dispuesto a fijar en su vetusto cuerpo, esta idea que de inicio me pareció absurda he inmediatamente hermosa. Deslicé con ligereza las páginas, buscando la última anotación; cuando lo hice me topé en seco con el mensaje. Lo leí en el acto, tratando de recordar una fecha, un motivo. No encontré nada. Que viejo te éstas haciendo —me mentí. Y aunque eso en parte era cierto, yo sabía que lo allí escrito no me pertenecía, no podría pertenecerme. Sí, claramente estaba escrito en sus pálidas páginas, con una caligrafía idéntica a la mía, usando un estilo similar al mío; por lo demás, no me pertenecía. Lo leí nuevamente, lo releí infatigablemente, decía así:
“Falta poco, lo sé… El mantel de este café tiene una mancha de labial sobre un costado; que daría porque unos labios tan bellos como lo que seguramente lo mancharon, rozaran por un instante los míos, marchitos y viejos.
El mozo espera que me vaya, me lo dice su impaciente mirada. Con seguridad habrá un cliente esperando que consuma no sólo un expresso en dos horas.
Las once, todos se van, yo también lo haré, sólo que un poco después…”
Qué importancia puede tener algo que no recuerdo haber escrito —pensé, he inútilmente me obligue a olvidar el asunto y la cerré.
Martes 29 de agosto
Un persistente he improbable frío -por tratarse de un mes más bien cálido-, me forzó a refugiarme en un café que extrañamente no frecuento, pues paso a su costado casi cada tarde. El expresso era insípido pero al menos ofrendaba compañía; el lugar se me presento casi hostil de lo inhabitual. Sorbí mi café y mientras lo hacía, note un color inusual en el mantel; era el contorno de unos labios perfectamente dibujados justo sobre el costado. Pensé en los míos, arrugados, casi muertos. Sentí desdicha, después sosiego y después nada. Inquieto busque al mozo… me miraba con impaciencia. Las once —me dije—, y todos se iban, todos menos yo…
Mensajes similares han seguido apareciendo los últimos meses, las anotaciones más impredecibles terminan encarnando en mi vida. A veces pienso si esta representación infinita no es la misma a la que asistimos todos. En mí caso, con la única diferencia de que conozco con antemano mis líneas, mi rol, mi personaje. Tal vez sólo sea que he olvidado una vida que solía anotar desde otra, pasada, inexistente. Poco importa, me espera una vida a la que debo asistir. El texto de esta semana es reconfortante al menos, presiento en él un alivio único. No siento miedo, tan sólo curiosidad:
“El tiempo ha llegado. Finalmente hay que presentarse a filas, no queremos llegar tarde. El tren pasará a las cuatro en punto por las vías de la estación central, debo de estar a tiempo, aunque no tenga boleto, y mi destino, contrario al del tren, sea incierto…”
"Por qué se enfrentaron y para qué tanto esfuerzo, para qué guerrearon en lugar de mirar y de quedarse quietos, por qué no supieron verse o seguirse viendo, y a qué tanto sueño y aquel rasguño, mi dolor, mi palabra, tu fiebre, y tantas las dudas, y tal tormento."
"Scapolo es un ser extraño a nosotros, mitad Kafka y mitad Bartleby, que vive en el filo del horizonte de un mundo muy lejano: un soltero que a veces prefiriría no hacerlo y otras, con la voz temblorosa Heinrich von Kleist ante la tumba de su amada, dice algo tan terrible y al mismo tiempo tan sencillo como esto: -Ya no soy de aquí..."
"(...) me he opuesto siempre al poder del tiempo, excluyéndome de la llamada actualidad, con la esperanza, como hoy pienso, dijo Austerlitz, de que el tiempo no pasara, no haya pasado, de forma que podría correr tras él, de que todo fuera como antes o, mejor dicho, de que todos los momentos de tiempo coexistieran simutáneamente, o más bien de que nada de lo que la historia cuenta fuera cierto, lo sucedido no hubiera sucedido aún, sino que sucederá sólo en el momento en que pensemos en ello, lo que naturalmente, abre por otra parte la desoladora perspectiva de una miseria continua y un dolor que nunca cese..."