viernes, 19 de febrero de 2010

martes, 16 de febrero de 2010

sábado, 13 de febrero de 2010

13/febrero/2010

CITA

Viernes 23

La uso apenas un par de ocasiones al año. Son cada vez menos las cosas que estoy tentado a anotar en ella; manojos de veloces trazos que tienen más de dibujo que de letras.

Acuso a una discreta pero certera casualidad, el que ese día en la cocina sucediera algo tan salvajemente ordinario. Esperaba sentado a que el agua estuviese a punto para el té, contemplaba la blanca taza que aguardaba paciente; el delgado hilo blanco que colgaba fuera de ésta se me asemejaba a una especie de fatigado cordón umbilical que en algún momento conectara a la bolsita de té con el mundo. Esta muerta –pensé–, tendida sobre la fría y dura plancha de porcelana. Imaginé el agua hirviente, que dentro de muy poco, iría inundando sus olorosas venas de madera dulce. El agua caería con violencia sobre su inerte cuerpo y súbitamente se revelaría colmada de vida, nadando dentro de la taza, un ámbito casi materno. Saludando, ya despidiéndose en un mismo acto, de su fugaz, dichosa vida.

Después tomé el reflejo inverso a la idea: la imagine viva en su caja, junto al resto de sus perfumosas hermanas, llevando su secreta y por qué no, jubilosa vida de bolsita de té. Como todas, se engañaba buscando atributos que le hicieran única, distinta. Pensaba en sus ancestros hechos de muselina y hasta de seda, saquitos de tés burgueses, tan distintos de su actual cuerpo de sencilla fibra de papel. Todo sucediendo así, hasta que un día, conoce el mundo de los otros, los hombres, en dónde le aguarda una muerte cruel, dolorosa, injusta. Depositada en la elegante fosa común, adivina aterrada un tenue olor familiar impregnado en las blancas y estrechas paredes. Era verdad piensa resignada, mientras se ahoga en un mar particular de agua hirviente. Su diminuto cuerpo, abrasado por completo, tiñe en amarilla sangre el terrible entorno, dónde de a poco se difunde aromosa. Desde la vaporosa fosa exhala sus últimos suspiros, hay un dulce y tibio olor a muerte…

Fue éste el pensamiento que me obligó a abrir sus tapas, dispuesto a fijar en su vetusto cuerpo, esta idea que de inicio me pareció absurda he inmediatamente hermosa. Deslicé con ligereza las páginas, buscando la última anotación; cuando lo hice me topé en seco con el mensaje. Lo leí en el acto, tratando de recordar una fecha, un motivo. No encontré nada. Que viejo te éstas haciendo me mentí. Y aunque eso en parte era cierto, yo sabía que lo allí escrito no me pertenecía, no podría pertenecerme. Sí, claramente estaba escrito en sus pálidas páginas, con una caligrafía idéntica a la mía, usando un estilo similar al mío; por lo demás, no me pertenecía. Lo leí nuevamente, lo releí infatigablemente, decía así:

Falta poco, lo sé… El mantel de este café tiene una mancha de labial sobre un costado; que daría porque unos labios tan bellos como lo que seguramente lo mancharon, rozaran por un instante los míos, marchitos y viejos.

El mozo espera que me vaya, me lo dice su impaciente mirada. Con seguridad habrá un cliente esperando que consuma no sólo un expresso en dos horas.

Las once, todos se van, yo también lo haré, sólo que un poco después…

Qué importancia puede tener algo que no recuerdo haber escrito pensé, he inútilmente me obligue a olvidar el asunto y la cerré.

Martes 29 de agosto

Un persistente he improbable frío -por tratarse de un mes más bien cálido-, me forzó a refugiarme en un café que extrañamente no frecuento, pues paso a su costado casi cada tarde. El expresso era insípido pero al menos ofrendaba compañía; el lugar se me presento casi hostil de lo inhabitual. Sorbí mi café y mientras lo hacía, note un color inusual en el mantel; era el contorno de unos labios perfectamente dibujados justo sobre el costado. Pensé en los míos, arrugados, casi muertos. Sentí desdicha, después sosiego y después nada. Inquieto busque al mozo… me miraba con impaciencia. Las once me dije—, y todos se iban, todos menos yo…

Mensajes similares han seguido apareciendo los últimos meses, las anotaciones más impredecibles terminan encarnando en mi vida. A veces pienso si esta representación infinita no es la misma a la que asistimos todos. En mí caso, con la única diferencia de que conozco con antemano mis líneas, mi rol, mi personaje. Tal vez sólo sea que he olvidado una vida que solía anotar desde otra, pasada, inexistente. Poco importa, me espera una vida a la que debo asistir. El texto de esta semana es reconfortante al menos, presiento en él un alivio único. No siento miedo, tan sólo curiosidad:

“El tiempo ha llegado. Finalmente hay que presentarse a filas, no queremos llegar tarde. El tren pasará a las cuatro en punto por las vías de la estación central, debo de estar a tiempo, aunque no tenga boleto, y mi destino, contrario al del tren, sea incierto…”


T.

miércoles, 10 de febrero de 2010