lunes, 30 de noviembre de 2009

La costurera y el viento

Días de ocio en la Patagonia...Días de turista en París...
La vida lleva a la gente a toda clase de lugares lejanos, y por lo general termina llevándolos a los más lejanos de todos, a los más extremos, porque no hay motivo para frenar su empuje a medio camino. Más allá, siempre más allá... hasta que deja de haber más allá, y entonces los hombres rebotan, y quedan expuestos a un clima, a una luz... El recuerdo es una miniatura lumínica, como el holograma de la princesa, en aquella película, que transportaba en sus circuitos el robot fiel, de galaxia en galaxia. La tristeza inherente añ recuerdo proviene de que su objeto es el olvido. Todo el movimiento, la gran línea, el viaje, es un arrebato de olvido, que se curva en la burbuja del recuerdo. El recuerdo es siempre portátil, siempre está en manos de un autómata vagabundo.
El mundo, la vida, el amor, el trabajo: vientos. Grandes trenes cristalinos que pasan pitando por el cielo. El mundo está envuelto en vientos que van y vienen... Pero no es tan simple, tan simétrico. Los vientos de verdad, las masas de aire que se desplazan entre diferencias de presión, terminan volviéndose siempre para el mismo lado, y se reúnen en los cielos argentinos; vientos grandes y pequeños, los vientos cosmopolitas y oceánicos tanto como los diminutos soplos de jardín: un embudo de las estrellas los reúne a todos, adornados con sus velocidades y direcciones como cintas en los peinados, y van a parar a esa región privilegiada de la atmósfera que es la Patagonia. Es por eso que allí las nubes son lo momentáneo por excelencia, como decía Leibniz que eran las cosas ("las cosas son mentes momnetáneas": una silla es exactamente como un hombre que viviera un solo instante). Las nubes patagónicas acogen y acomodan todas las transformaciones dentro de un solo instante, todas sin excepción. Por eso el instante, que en cualquier parte es seco y fijo como un clic, en la Patagonia es fluido, misterioso, novelesco. Darwin lo llamó: la Evolución. Hudson: la Acentación.
No estoy hablando en metáforas patrioticas. Esto es real.
Viajar es real. Abrir la puerta de todos los miedos es real, aunque no lo sea lo que hubo antes ni lo que viene después, ni los motivos ni las consecuencias. En realidad no acierto a explicarme cómo es que la gente puede tomar la decisión de viajar. Quizás me convendría estudiar la obra de esos poetas japoneses que se trasladaban de paisaje en paisaje encontrando temas para sus composiciones algo incoherentes. Quizás ahí está la explicación. "A la mañana siguiente el cielo estaba muy claro, y en el preciso momento en que el sol alcanzaba su mayor brillo, salimos en el bote por la bahía" (Basho).
Los cielos de la Patagonia están siempre limpios. Allí se reúnen los vientos, en una gran feria de transformaciones invisibles. Es como decir que allí sucede todo, y el resto del mundo se disuelve en la lejanía, inoperante, la China, Polonia, Egipto... París, la miniatura lumínica. Todo. Sólo queda ese espacio radiante, la Argentina, hermosa como un paraíso.
¿Cómo viajar? ¿Cómo vivir en otra parte? ¿No sería una locura, una autoaniquilación? No pertenecer es precipitarse en la nada, y eso a nadie le gusta.
Y en plena transparencia... Quiero anotar una idea, aunque no tiene nada que ver, antes de que me la olvide: ¿no será que los ideogramas chinos fueron pensados originalmente para ser escritos en vidrio, para poder leerlos del otro lado? Quizás de ahí proviene todo el malentendido.
Y en plena transparencia, decía... un vestido de novia. ¿Una nube? No. Un vestido blanco, claro que sin forma de vestido, o mejor dicho: sin forma humana, la que toma puesto en su dueña o en un maniquí, sino en su forma auténtica, la forma pura de vestido, que nadie tiene la ocación de ver nunca, porque no es cuestión de verlo hecho un montón de tela tirado sobre una mesa o una silla. Eso es informe. La forma del vestido es una transformación, ilimitada.
Y era el vestido de novia más bello y complicado que se hubiera hecho nunca, un desplegarse de todos los pliegues blancos, maqueta blanca de un universo de blancuras. A diez mil metros de altura, volando con lo que parecía una majestuosa lentitud aunque debía de ir mur rápido (no había punto de referencia, en ese abismo celeste de puro día). Y cambiando de forma sin cesar, siempre, macrocisne, abriendo alas nuevas, nunca las mismas, la cola de catorce metros, hiperespuma, cadáver exquisito, pétalos de hielo.

César Aira- La costurera y el viento

sábado, 28 de noviembre de 2009

Poema incompleto

Ahora, amiga mía...

Ahora, amiga mía
que una flor de papel preside el aire,
que el aire se deshace en dulces pétalos
de jadeante miel en tus rodillas,
ahora que no hablamos del otoño
ya nunca más
para no tropezar con tu mirada,
ahora que te adentras por la vida,
ligera, según dices,
desposeída al fin de prejuicios,
ideas recibidas, tiempo estéril,
incomprensibles normas y principios,
ay -ahora
que la virginidad navega todavía
como un barco vacío por oscuros telares,
por intactos desvanes y sueños sin sentido,
qué hacer en medio de la tarde,/

José Angel Valente

martes, 24 de noviembre de 2009

jueves, 19 de noviembre de 2009

La estrella

La he visto. Afuera, muy arriba por la ventana, se esconde una pequeña estrella que parpadea, todas las noches se le puede ver. A su alrededor no hay muchas más. La pobre no deja de temblar: ahora algo blanca, luego un poco azul y enseguida casi rojiza, no se decide. Por un leve instante pareciera que en su diminuta danza se apagara definitivamente, pero no lo hace, ella nunca lo hace. La estrella que llora desde antes que se inventara la eternidad, el cielo o la noche. ¿Es que tal vez sea su latir una violenta insistencia por desvanecerse? o puede ser que la estrella agonice y peor aún, haya muerto y su muerte aún viaje años luz hacia aquí. Así, desde siempre, desde antes de la primera lágrima y el primer dolor. No sé, tal vez sólo palpite a colores para sí, para nadie en particular, para vivir o no morir, la estrella es entonces toda corazón.

De T. para ti, S.

lunes, 16 de noviembre de 2009

Fuga

El otoño se acerca

El otoño se acerca con muy poco ruido:
apagadas cigarras, unos grillos apenas,
defienden el reducto
de un verano obstinado en perpetuarse,
cuya suntuosa cola aún brilla hacia el oeste.

Se diría que aquí no pasa nada,
pero un silencio súbito ilumina el prodigio:
ha pasado
un ángel
que se llamaba luz, o fuego, o vida.

Y lo perdimos para siempre.


Ángel González

domingo, 15 de noviembre de 2009

Una humilde cursileria

Muerte en el olvido

Yo sé que existo
porque tu me imaginas.
Soy alto porque tu me crees
alto, y limpio porque tú me miras
con buenos ojos,
con mirada limpia.
Tu pensamiento me hace
inteligente, y en tu sencilla
ternura, yo soy también sencillo
y bondadoso.
Pero si tú me olvidas
quedaré muerto sin que nadie
lo sepa. Verán viva
mi carne, pero será otro hombre
-oscuro, torpe, malo- el que la habita...


Ángel González

viernes, 13 de noviembre de 2009

Lluvia

Llueve porque te nombro y estoy triste,
porque ando tu silencio recorriendo,
y porque tanto mi esperanza insiste,
que deshojada en agua voy muriendo.

La lluvia es mi llamado que persiste
y que afuera te aguarda, padeciendo,
mientras por un camino que no existe
como una despedida estás viniendo.

La lluvia, fiel lamido, va a tu encuentro.
La lluvia, perro gris que reconoce
tu balada; la lluvia, mi recuerdo.

Iré a estrechar tu ausencia lluvia adentro,
a recibir tu olvido en largo roce:
Que mi sangre no sepa que te pierdo.

Amelia Biagioni

OTRA CARTA

miércoles, 11 de noviembre de 2009

Black and White Night

EL DÍA

Amaneció sin ella.
Apenas si se mueve.
Recuerda.

(Mis ojos, más delgados,
la sueñan.)

!Qué fácil es la ausencia!

En las hojas del tiempo
esa gota del día
resbala, tiembla.

Jaime Sabines

domingo, 8 de noviembre de 2009

Invernal


No sé como lo hice
Pero sé que en algún momento
Tengo que haber soltando no sé que pesantez
No sé qué bulto de mi vida
Para poder así sonreír hoy a esta belleza
De eterna desmemoria
Sin que la limpidez inesperada de mi aliento
Empañe este cristal frío y sin bordes
Desde cuyos dos lados nos miramos.

Tomás Segovia

viernes, 6 de noviembre de 2009

Huellas

Es sencillo, ocurre que me he sentido solo y ya sabes he abierto un libro; no el que estaba allí, a la mano, el otro, ese que no tendría porque abrir. Apenas hacia volar con mi pulgar las primeras páginas cuando la he visto moverse ligeramente, fugaz. Me ha sorprendido y es verdad me ha dado pena verla. Su dorso aún verde le daba una apariencia fresca, pero bastaba con fijar un momento más la vista para dar cuenta de la fatalidad. La vi por un momento más, tratando de recordar cuándo y dónde. Y no he podido recordar nada. Ha muerto de olvido, me dije. Por un momento he pensando que es tonto sentir pena por una hoja abandonada en un libro y mirando de nuevo el pequeño cadáver he sentido lástima de haber pensado eso. No he querido dejarla ahí pero no se me ha ocurrido otro lugar donde ponerla. De pronto todo me ha parecido más triste, he cerrado el libro y la he dejado dentro, el título de éste me ha parecido el más adecuado: La fábula del tiempo, después de todo parece que ese es el mejor lugar para que la deje. He pensando que harías tú de encontrarte con el cuerpo de una hoja en la fábula del tiempo, así que regrese, abrí el libro donde mismo, y estaba allí, tan a la vista, en medio de todo, le he dedicado una mirada cómplice de gratitud a tu hoja y he leído: Aquí yacen tus pasos, en el anonimato de las huellas.

T.

lunes, 2 de noviembre de 2009

...un vinito extraordinario

Dónde estarás,
Dónde estaremos desde hoy,
dos puntos en un universo inexplicable,
cerca lejos dos puntos que crean una línea, dos puntos que se acercan y se alejan arbitrariamente

...por ahí y en esos días.



(...) Los mirábamos, jugando a acercar los ojos al vidrio, pegando la nariz, encolerizando a las viejas vendedoras armadas de redes de cazar mariposas acuáticas, y comprendíamos cada vez peor lo que es un pez, por ese camino de no comprender nos íbamos acercando a ellos que no se comprenden, franqueábamos las peceras y estábamos tan cerca como nuestra amiga, la vendedora de la segunda tienda viniendo del Pont-Neuf, que te dijo: «El agua fría los mata, es triste el agua fría ...»
Descubríamos entre exclamaciones que enfurecían a las vendedoras -tan seguras de que no les compraríamos nada a 5
50 fr .pièce- los comportamientos, los amores, las formas. Era el tiempo delicuescente, algo como chocolate muy fino o pasta de naranja martiniquesa, en que nos emborrachábamos de metáforas y analogías, buscando siempre entrar. Y ese pez era perfectamente Giotto, te acordás, y esos dos jugaban como perros de jade, y un pez era la exacta sombra de una nube violeta... Descubríamos cómo la vida se instala en formas privadas de tercera dimensión, que desaparecen si se ponen de filo o dejan apenas una rayita rosada inmóvil vertical en el agua. Un golpe de aleta y monstruosamente está de nuevo ahí con ojos bigotes aletas y del vientre a veces saliéndole y flotando una transparente cinta de excremento que no acaba de soltarse, un lastre que de golpe los pone entre nosotros, los arranca a su perfección de imágenes puras, los compromete, por decirlo con una de las grandes palabras que tanto empleábamos por ahí y en esos días.


Julio Cortázar -Rayuela (Capítulo 8)

domingo, 1 de noviembre de 2009

CARTA DESDE PARÍS

París 9 de octubre de 1981


Querido Gaspar lástima que nos desencontramos. Anoche volvimos a París y encontramos tu hermoso regalo. Esta alegría me hizo sentir doblemente la pena de no haber podido vernos aquí. Pero confío en que lo haremos el año próximo en México en el mes de Julio/Agosto. Me alegra además que el viaje por Europa haya sido positivo, como lo es siempre para la gente sensible y permeable a todas las maravillas que hay por este lado del planeta. Por mi parte he pasado unas vacaciones bastante terribles por que una hemorragia gástrica estuvo a punto de liquidarme al Sur de Francia, y sólo la abnegación y el talento de los médicos del hospital de Arky en Brons, me sacaron de una situación más que crítica. Estoy bien pero también débil y deberé cuidarme bastante en los meses que vienen. Gracias otra vez por el bello regalo y hasta que nos veamos.
Un abrazo de tu siempre amigo.

JULIO

Las noches del iris negro II

Y hemos salido, sabiendo que no vamos a ninguna parte. Y ahora vamos caminando por la playa. Llueve sobre Port del Vent. Llueve en el mar con un murmullo lento, y oigo la brisa que gime dolorosamente. Y me digo que estoy bien aquí, atrapado en este pueblo junto al mar. Me gusta mucho estar cerca de este mar, nunca debí alejarme tanto de él. Siento ante el oleaje una sensación de libertad sólo comparable a la que percibo ahora al notar que Victoria u yo andamos en la buena compañía de quienes supieron afrontar la muerte con serenidad antigua. A éstos, hace unos instantes, los hemos llevado silenciosamentea nuestro interior y hemos pasado a ser ellos. Y yo voy andando por la playa de Port del Vent bajo la lluvia, y me digo todo esto y escucho y contemplo el oleaje y me digo que sí, que toda la noche cabe en una mirada del color iris negro, en una sola y quieta mirada de sosiego (...)

Enrique Vila-Matas "Las noches del iris negro"

Las noches del iris negro I

Esta mañana, al despertar, Victoria me ha dicho que ha soñado que caminábamos los dos por la calle Florida, en Buenos Aires, y que ante nosotros se extendía la plaza San Martín y que nos negábamos a atravesarla, pero que finalmente lo hacíamos mientras un viento frío venido de muy lejos nos traspasaba. La plaza casi flotaba, en el aire, y allá a lo lejos, en los confines azulados del agua, de la niebla y del cielo blanquecino, se veían vagar humos que se deslizaban o ascendían desde los barcos que yacían inertes en el Río de la Plata.
-No es un sueño premonitorio -me ha dicho-, porque yo no pienso volver ni loca a la Argentina. Jamás volveremos a estar tú y yo juntos en las calles de Buenos Aires. Yo me quedo aquí, en Port del Vent. Varada, junto a ti.
Ha hecho uno de esos gestos mediante los cuales una persona manifiesta, sin darse cuenta, una gracia que no sabe que tiene. Y a la atracción que siento por ella se ha unido la que siento por este pueblo y por este mar, y desde ese momento Vistoria y Port del Vent han compuesto una única figura que se pierde no muy lejos de este paisaje de belleza y muerte, no muy lejos del filo mismo de mi horizonte.

Enrique Vila-Matas "Las noches del iris negro"