viernes, 27 de enero de 2012
jueves, 26 de enero de 2012
sábado, 7 de enero de 2012
jueves, 18 de agosto de 2011
miércoles, 17 de agosto de 2011
Amore
miércoles, 15 de diciembre de 2010
El día
Te has quedado lejos, te has ido lejos.
Pero, voy retrocediendo hacia ti,
voy avanzando hacia ti.
Te veré en el cielo.
No puede ser la eternidad sin ti.
Marosa di Giorgio
A jirones largos y violentos la perfección de aquel cielo glacial parecía haber sido destrozada por la fuerza silenciosa y contenida de una deidad herida de olvido o eternidad.
Es de mañana tantos días ya. Son las dificultades de habitar a los extremos de una gran, rutinaria esfera: la vida respira según noches colosales e impracticables días, confeccionados no para hombres sino para una suerte de seres de transitar geológico que gustan de una vida paralela a la fugaz vida de los hombres.
Te espero un día con su noche al año.
Con la paciencia de quien ha extraviado el tiempo para entretenerse en la evanescencia de los diminutos rituales de la vida. La memoria anquilosada por la tenaz fórmula del dolor con el blanco -el de la mañana, y tarde y noche; el que viene del cielo y el que permanece en la tierra; el de las palabras; el de los ojos, tan blancos por contagio del paisaje; el de la mente, y en fin, el blanco de todo lo que está afuera que se embebe, de a poco, hacia dentro-.
Es esta la más infatigable noche en el mundo; la espera plural por una voz luminosa que irradie cualquier sentencia, de amor, deseo, odio o blasfemia… cualquiera capaz de deshacer en espasmos luminosos el horrido frio de ninguna luz cayendo del cielo.
Te espero pues, al extremo de este mundo, que tal vez sea también el inicio de uno nuevo.
Aquí, donde quizá sea más probable recuperar lo perdido porque el tiempo ha acostumbrado a demorarse tanto y tanto que apenas la muerte ha acontecido a nadie. Entonces no sólo aguardaré por ti, aguardaré también a mi madre y a mi padre; el milagro del nacimiento de mi abuela; conoceré al joven noble y recio que dicen fue mi abuelo y nunca conocí. Te acompañaré de nuevo en tu vida, recuperaré cada momento sin ti y borraré sólo un día. Embriagado de fantasmas y memoria me hallará la muerte un día, a ella preguntaré tu nombre.
No puede ser la eternidad sin ti.
lunes, 1 de noviembre de 2010
Hechizo lumpen
Es frecuente que las palabras divaguen; hagan largos viajes; tan largos que alteren su talante interno. Las hay esquivas, de ardiente simpatía por las zonas bajas y grises, que aspiran a decantar en sustancias más básicas, nobles, por poder acercarse así al origen anónimo que les es común a todas en un principio. Sucede pues que la más sedentaria de las palabras, digamos: árbol, mar, fuego, amor… posee un espíritu nómada, con frecuencia nos es dado toparnos en este o aquel otro texto con antiquísimas viajeras que desconocemos a su retorno. Es atendiendo a estas circunstancias y al axioma de que todo viaje se corresponde a un cambio; y descreyendo de ese penoso obituario que pretende contenerlas como imágenes estáticas; por lo que hemos decidido iniciar una actividad de curaduría extrema, un ejercicio de reconstrucción que no parte de ningún origen visible. Es necesario utilizar a una viajera de la que se ignore, de entrada, cualquier vínculo por remoto que este sea, quedan pues descartadas aquellas viajeras tímidas que prefieren los destinos cercanos y seguros: arboleda, fogonazo, marisma… nos enfocaremos en aquellas cuya suerte ha sido menos ominosa, huérfanas de apellido, cuyo sola mención suscita un respeto cauto por una posible gloria pasada. Teniendo en cuenta lo anterior nombramos a lumpen la palabra a tratar. Cuidémonos de ser demasiado juiciosos, o de escarbar con engañosa profundidad en un origen simulado. Dejemos rebotar: lumpen, unas cuantas veces en la cabeza, las necesarias para encontrar un pliegue, un nuevo movimiento que nos precipite hacia el cuerpo cierto de lumpen. Detengámonos, escuchemos: LUMPEN, LUMPEN, LUMPEN, LUMPEN, LUMPEN, LUMPEN, LUMPEN… Formas curvas, dilatación urgente, suavidad que exaspera. Inequívocamente, lumpen prodiga ternura: un cielo lumpen, una caricia lumpen, tu voz siempre sedosa y lumpen, tu mirada tersa de tan lumpen, tus labios lumpen entre lo lumpen… Sin riesgos, hemos reconstituido a lumpen en sus más amplias esferas, no obstante, lumpen no deja de ser un punto perdido entre la ternura y la devoción; hace falta entonces un empleo más arriesgado de lumpen, que vierta sobre él (acaso ella) una masa de sentido que le torne inconfundible; diremos entonces que ese paisaje es un paisaje lumpen, que aquella bebida tenía un dejo lumpen, que aquella verruga era indudablemente lumpen, acaso tan lumpen como la frase de aquel libro, igualmente lumpen, diremos que la ceniza de todo cigarrillo es lumpen a determinada hora de la mañana, y qué decir de aquella cicatriz lumpen… y es que en esta vida lumpen, apenas queda espacio para todo aquello que es lumpen. Y hablando de lumpen, disfrutemos de estas horas lumpen, que acaso puedan ser las últimas, pues la vida es lumpen, y nosotros no dejamos de serlo.